lunes, 3 de agosto de 2015

Autoescuela

Hay pocos lugares donde existo; en el desafío a mis posibles, suelo habitar un cuerpo fantasmagórico que se nutre de experiencias en un campo virtual del que podría no volver. Tengo serios problemas con el presente; mi conciencia de respirar acentúa aún más mi noción de sueño lúcido, de despertarme en una burbuja inventada por alguien que podría ser yo misma. Qué hago en este lugar? Quiénes son estas personas? Por qué me quieren? Cuando realmente me pierdo busco en mi memoria la imagen más reciente de mi casa. Me ensamblo en el recuerdo, floto con consistencia, recupero mi biología y vuelo de entrecasa. Después me dejo mecer de nuevo por el laberinto de estaciones desordenadas, bosques mágicos, problemas de juguetería y de todo ese parque gravemente infantil tomo tesoros que sólo se pueden llevar observando. Me siento sola y premiada; destemplada y agradecida. Me aprendo las flores y los pájaros para dártelos cuando vuelva a verte, llenarte la mirada de perfumes y cantos hasta romper la tristeza que te acude cuando acudo sin estar. Pensar algunas cosas me hace doler el cuerpo que dejé y el viento que soy ahora. Cuando termine de diseñar este mundo voy a despertar en la habitación donde están mis ojos, voy a mirar sus caras como sueños y no los sueños como cosas, y entre los sonidos y la temperatura de lo que elegí que fuera mi vida real, voy a saberme cerca de todo lo abrazable, voy a poder dormir.

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