sábado, 1 de agosto de 2015

Verano.

Son lindas las criaturas del sol, como pequeñas unidades de vida gustosas de oxidarse en el romance con el aire de la intemperie, dignos súdbitos de los dones del día, diestros actores del verano. Me place ver como la expresión de la cara y el cuerpo se oronda al contacto con la luz que ha de prometer más luz, una inundación resplandeciente de la que nadie parece querer escapar, dejándose mecer y golpear por las olas de sol, hechizados por el encanto mayestático del Astro. No son pocas las veces que me avergüenza la incapacidad de esa primitiva y espiritualmente saludable entrega, pero la acepto. Mi romance es con la sombra. Los árboles abrazan y se dejan abrazar por ese cuerpo inasible de hilos de fuego, lo respiran, lo hacen verde y al pie de su exultante belleza me regalan el tesoso intemporal de su aire, el dibujo oscuro y fresco donde me oxigeno de presente. Prefiero la penumbra, las cortinas encendidas y tibias. No soy una criatura del sol, no puedo tener una relación directa con su existencia aunque sí con cada una de sus creaciones; desde los colores a la posibilidad de la luna, le pertenezco. Nos acercamos cuando él se aleja. En otoño su mano tibia en mi espalda me templa sin resistencia y nos quedamos los dos mirando por mis ojos, suspendidos en una paz dorada, compartiendo la falta de modestia, él por conmoverse de la belleza de su propia obra, yo por creer que la entiendo.

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